14 de agosto de 2015

Teléfono malogrado

Por Israel Romero Alamo


Cada parte de Perú tiene su propia arquitectura como si de países independientes se trataran. El norte costero peruano contemporáneo tiene una muy marcada. 
Por ejemplo, la arquitectura de Chimbote de los últimos 20 años –y con un poco menos de fuerza, la chiclayana o la piurana– es esencialmente de influencia trujillana. Bien es sabido, además, que gran parte de lo de Trujillo tiene entrañas limeñas. En arquitectura (y en otras cosas más) eso último tiene jirones bastante marcados. La arquitectura trujillana desde la colonia se ha movido prioritariamente al compás de la capital. 

Entre los ochenta y los noventa, en alguna facultad de arquitectura limeña, una de esas pocas que existían y que hacían de la metáfora y toda la ceremonia posmoderna su motivo de ser, se volvieron a importar cosas autoconvencidos de la supuesta universalidad de éstas. Una de ellas, como cuestión interesante y novedosa, sería la arquitectura de los norteamericanos Five.


Casa Snyderman (Michael Graves)

Casa III (Peter Eisenman)

A fines de los 60, los Five, Hejduk, Eisenman, Meier y compañía, daban los primeros pasos de deconstructores neomodernos de la arquitectura. Separaban la piel de la envolvente e independizaban sus partes, y a estas las hacían parecer líneas, planos y volúmenes: edificios compuestos por fragmentos que buscaban separarse lo más que podían para mostrarse... diferentes. En algunos casos –bien o mal– había una filosofía o una búsqueda detrás.

A través de revistas, esas ideas llegaron a Lima. Algunos, en su emoción, se agruparon como Fives limeños. Otros, no menos sorprendidos por la moda, luego de formarse en la capital, regresaron a sus lugares de origen esparciendo cual profetas una mescolanza prematura de deconstructivismo, neomodernidad y metáforas/conceptualizaciones que les contaron era la arquitectura que debía hacerse. Lo que entonces dictaba el avance en occidente. Lo que el Perú, algo voluble en temas de arquitectura, debía hacer.

Esto llegó al norte peruano con total apertura como ya había sucedido algunas décadas y siglos atrás. Los talleres de las facultades (principalmente trujillanas) recibieron el cargamontón de la época por encargo de los formados en la capital. Se encargaron de hacer lo propio, de apropiarse de lo que otros decían haberse apropiado. De enseñar ello a otros para que lo repliquen.

La mezcla no tenía buenas luces. El resultado era un desquicio entre el neoplasticismo traído a menos y el deconstructivismo alimeñado junto a su “versión” local. Una cosa rara. Había que acomodar todo en una olla común en espera de algún chispazo de creación demiurga.

Terminaron diciendo que la arquitectura se hacía con base en líneas y planos, pero ya no a la manera “moderna”, sino con atisbos de la pobre “deconstrucción” nada high-tech que su realidad les permitía.

Cuando esa mezcla poco natural se convertía en realidad, los resultados eran estrafalarios. Ingenuos. Lejanos a ‘la realidad’ o incapaces de contenerla o reconocerla. Seguían la fórmula y la vaciaban en recipientes que en sus apasionados ambientes universitarios nunca tuvieron en cuenta. No existían los chalets de cuatro frentes ni grandes jardines de acompañamiento. Sino un rectangular moldecito urbano. Pequeño problema frustrante.

Descuartizaron el edificio. Lo desgranaban. Sacaron las columnas y las vigas, despellejándolas como quien disloca huesos. Las expusieron en lo que tenían: lotes de entre seis y diez metros de frente, lotes de un solo frente. Hicieron que los muros se conviertan en planos, sueltos, casi ingrávidos. Divertidos. Los independizaron cromáticamente. Mejor, decían que era; que se veían mejor así. Que así la arquitectura era mejor. Que dentro y fuera podían ser curvos o que podían estar en ángulos no correspondientes a la estructura para que la arquitectura se vuelva compleja, sofisticada, superior, innovadora. No importaba si los edificios de vivienda no parecían edificios de vivienda, o si los comerciales parecían de vivienda (como aquí, o acá). Lo que valía era ese casi celestial y recién descubierto ejercicio formal/espacial. La 'arquitectura' en sí misma era lo que importaba.

Agarraron partes y las sostenían en la nada sin saber por qué. El tener “volúmenes” en el aire y sin columnas que los soporten se convirtió en un orgasmo arquitectónico. Como cualquier éxtasis: no había necesidad de razón. Pequeño revival de la desvariada blancura cuadriculada de otros.

La arquitectura del norte costero se resumía en tirar partes al aire y enmarcarlas con planos apuntalándolos y atravesándolos caprichosamente. Un juego infantil muy barroco. Todo muy independiente, muy libre, muy deconstruido pero con pretensiones modernas. Una deconstrucción pobre en un contexto cultural y social que como sociedad libre e independiente casi nada había construido… Entonces, ¿cuál era el sentido local de desmembrar la arquitectura? ¿Su autónoma mejora formal?

Así, los arquitectos del norte, por algo que les contaron sus pares limeños –que a su vez recibieron por courier de una revista gringa–, creían innovar y estar haciendo arquitectura de primer mundo o arquitectura correspondiente a su época… a su realidad. Y quizá sí, pero a una realidad de la que no fueron conscientes.

Para no desprenderse de su autoimpuesta situación posmoderna, el cuento de la metáfora y la conceptualización adquirió mucha más fuerza; en verdad casi vital importancia. Todo el trabajo formal debía tener una justificación… y a ésta resaltaron como “concepto”. Aunque a nadie importara, para los arquitectos era la letal arma de fuego del proyectar: con lo que se empezaba a diseñar y lo que regía todo lo que después se haga. Caprichoso absurdo e invento de tercera fuente. Un ejercicio que servía de poco… pero que –dicen sus hacedores y más tercos e inocentes defensores– servía (y sirve) para que el arquitecto evolucione como tal y abra la mente. Para que sea más arquitecto que el arquitecto que no lo hace. Deberían preguntarse para qué quieren y querían tanta apertura ¿Cuál es el sentido de ese ser creativo tan openmind?

Las desviaciones no terminaban ahí. Ese concepto era válido siempre y cuando buscara alimentar al espacio… producir espacio, como decían los modernos. Aunque el espacio ni se enterara, decían que el espacio era lo más importante. Era la décima versión (convertida en trabalengua) de décadas anteriores, pues nunca se ha evidenciado en el norte peruano alguna intención propia de ese discurso o de algún otro. Nunca, en toda su historia republicana, ha tenido algo propio que decir.

Poco cambio hay hasta nuestros días. Dicen pocos que ya le ponen más ganas al espacio luego de ver sus ciudades chisgueteadas de caricaturas. Curioso que ahora algunos vayan en reversa. Otros siguen buscándole razones a sus invenciones conceptuales y metafóricas, como si la razón a éstas les correspondiera. No se han sentado a cuestionar la pertinencia o vigencia de sus casuales experimentos. Quizá ya están preparados para asumir a esta arquitectura como propia en verdad: como legítimo y enorgullecedor patrimonio contemporáneo del norte costero del Perú.


Paisaje urbano trujillano (Foto: Google - Street View)

Paisaje urbano trujillano (Foto: Google - Street View)

Paisaje urbano trujillano (Foto: Google - Street View)

Paisaje urbano trujillano (Foto: Google - Street View)

Paisaje urbano chimbotano (Foto: Richard Asto)

Paisaje urbano chimbotano (Foto: Richard Asto)
      

2 comentarios:

estela samame zegarra dijo...

Las 2 ultimas fotos las conozco

Johann Stendhal Garrido Sánchez dijo...

el concepto de identidad en la arquitectura tiene trasfondos psicológicos, por lo demas buen articulo.